Los siguientes datos y hechos históricos han sido extraídos literalmente y complementados en conversaciones posteriores, de la conferencia realizada en Ajamil por D. Ernesto Reinares con motivo del Homenaje sorpresa realizado por las Asociaciones de todos los pueblos a su persona, en el último Camero Viejo celebrado en nuestro pueblo:
“A caballo entre los siglos XVIII-XIX, varios ajamileños controlaron nada menos que la Hacienda, los dineros de la Corona, las finanzas del Estado. Asombroso, pero cierto.
Sólo un par de nombres o tres: Domingo Martínez García: fundador de Escuela de su pueblo natal en 1799, bien conocido por todos vosotros.
Una imagen vale más que mil palabras. Ese magnífico retrato de la escuela de Goya o de Bayeu nos muestra su rostro sereno y su sonrisa esbozada. Parece que hasta tiempos no muy lejanos estuvo en algún lugar de Ajamil. Hoy se encuentra en la colección privada de unas conocidas bodegas riojanas, sin saber cómo ni cuándo.
El siguiente es Domingo Moreno Martínez: Hacendista y hombre de confianza del poderoso Godoy, el dominador del rey Carlos IV y de su cónyuge María Luisa de Parma. Compañero y subordinado de su pariente Sebastián Martínez, nacido éste en Treguajantes, Tesorero Mayor del Reino y amigo íntimo de Francisco de Goya; rico comerciante y coleccionista de Arte, su retrato obra del genial pintor se conserva en el Museo Metropolitano de Nueva York.
La serie culmina con Antonio Martínez Ulibarría, con larga descendencia en Ajamil, el pueblo donde nació. Fue dos veces Ministro de Hacienda con Fernando VII, agente y consejero de grandes banqueros internacionales como Bertrand de Lis y los famosos Rothschild. El habla popular recordaba a este personaje sin conocerlo cuando de alguien con fama de ricachón, decía: “Tiene más dinero que Rochín”.
Las relaciones e influencia de esta familia (todos eran parientes en algún grado) en las finanzas regias, por descontado que llegaron a sus hermanas casadas en Ajamil y a otros familiares y allegados que colocaron en cargos de menor relevancia de la Corte, y con repercusión lógica, incluso en el ámbito local.
En cuanto al poblamiento o humanización del espacio viejo-camerano, hay evidentes testimonios desde los tiempos de la cultura tumular o dolménica IV-III milenio antes de Cristo, y en los más tardíos castros célticos, de los cuales están perfectamente documentados los de Torremuña, Muro y San Román.
Se trata de una población autóctona basada en familias con estructura gentilicia, o con un tronco común. Clanes de hombres libres del cualquier dominio, propietarios de las tierras que trabajan y de los ganados que apacientan.
Viven generalmente en las alturas. En minúsculos y dispersos poblados de pastores, agrupados más tarde cuando nace el Concejo organizador de la vida municipal. La influencia romana y árabe, fue prácticamente nula en esta tierra. Sin embargo, hay indicios evidentes de formas de propiedad germánico- visigoda. Los godos se instalan en Cameros sobre el sustrato céltico del que fueron dominadores.
Y así hasta los comienzos de la feudalización, o nacimiento del régimen señorial ya fuera secular o monástico, nunca antes de los siglos XI-XII. Aquí podríamos mencionar los Solares hidalgos de Valdeosera-Tejada.
Entre los poblamientos más antiguos de los que tenemos noticia, puede citarse uno bien cercano, en el valle del río Vargas que nace en Monte Real. Aquí, en el término de Rabanera llamado La Varga, está probada la existencia de una Ceca donde se acuñaron monedas en época celtibérica. En el anverso de las conservadas se lee claramente: VARKAS.
En el Valle del Vadillos y su afluente de Torremuña, llamado éste Río y Valle de Munia están documentados los núcleos de población más antiguos. Torremuña, junto con el territorio de sus aldeas La Riba, Aldihuela y Hedradilla, todos despoblados, fueron agregados a esta villa de Ajamil.
Ahora contamos con nuevos datos que se remontan al siglo X, aunque Torremuña no aparece concretamente citada hasta el año 1044. Mencionaré únicamente su iglesia-castillo o Torre fuerte del castro; la necrópolis con enterramientos todavía visibles y al valioso tesoro expoliado en la confluencia de los dos ríos: Santa María/Munia y Vadillos.
Aquí se hallaba una enigmática villa llamada Bagibel, de emplazamiento hasta ahora desconocido para los medievalistas.
Es el único lugar de Cameros Viejo del cual conocemos su nombre anterior a la cristianización, que se limitó como es sabido a poco más que dar nombre y sentido religioso a lugares trascendentes y creencias anteriores al cristianismo
Así, el año 953 fue donada al monasterio de Albelda, y años después Bagibel cambió este nombre por SantYuste/Santiuste (en latín San Justo) como ha llegado hasta nosotros.
En general, hasta finales de la Edad Media, el pasado de esta tierra es ciertamente oscuro y poco conocido. Los archivos locales se han dispersado o perdido, la documentación, por lo tanto, es muy escasa y totalmente nulas las prospecciones arqueológicas.
A partir del s. XVI ya es más conocida gracias a los cuantiosos documentos conservados en archivos nacionales y provinciales. Es en este siglo cuando Cameros alcanza el máximo demográfico. Concretamente en Ajamil se cuentan 79 vecinos, (unos 400 habitantes). Torremuña con sus aldeas alcanzan 92. En realidad eran algunos más, puesto que los censos históricos, realizados por motivaciones tributarias, suelen omitir hidalgos, clérigos, pobres de solemnidad y numerosas viudas que se contabilizan cada una como medio vecino y gozaban de algunas exenciones fiscales.
Población floreciente nunca igualada posteriormente. Ni siquiera durante la época dorada de la trashumancia, hasta la primera mitad del XVIII, cuando los habitantes siguen más o menos igual, pero las ovejas se han duplicado en la comarca. En Ajamil, más que triplicadas. Es cuando esta tierra alcanza su máxima prosperidad, que fue siempre relativa y mal repartida.
Es de sobra conocido, que el s. XVIII fue de progreso para el país. Cameros no podía ser una excepción. Con la Ilustración, el Despotismo Ilustrado y el Liberalismo, llegan los avances en la economía, la medicina, etc. Incluso nuevos aires de libertad.
Pero fueron precisamente los fisiócratas ilustrados, partidarios de la agricultura como fuente de riqueza, los que se cargan el Honrado Concejo de la Mesta de los Pastores. Indudablemente, un duro golpe para la trashumancia, fuente primordial de vida en los Cameros.
La decadencia se inicia en la 2ª mitad del XVIII, pero será la llamada Guerra de Independencia la que le dará la puntilla.
Aquí conviene hacer un breve inciso relacionado con el papel relevante de estos pueblos de Cameros, convertidos en refugio y despensa de guerrilleros, soldados españoles y franceses con su caballería. Y muy particularmente, decir algo sobre el de Ajamil tras la poco conocida batalla de Yanguas. Desgraciado episodio donde murieron más de 200 españoles, muchos de ellos cameranos. Los supervivientes encontraron refugio generoso en este pueblo, en el que permanecieron durante un largo mes acogidos generosamente por sus vecinos.
Volviendo al hilo de nuestra narración, es en estos años cuando llegan a estos pueblos los recursos obligados que harían posible su existencia. En primer lugar la agricultura, equivalente a sacrificio y pobreza. En segundo lugar, la emigración de los más decididos a buscarse la “madre gallega”, como aquí se decía. Se lo pusieron fácil el ancestral ir y venir por los trillados caminos de la trashumancia. Extremadura, Andalucía y la América hispana fueron su destino, donde muchos triunfaron, y sus descendientes aún no han olvidado la tierra madre camerana.
Es hora ya de insistir algo más en la historia de este pueblo. Temas importantes que ya he abordado en otras charlas. Este pueblo, tiene un pasado con cierto componente de leyenda o de sospecha, que lo hacen aún más misterioso.
Empezamos por el origen de su nombre. En documentos antiguos siempre se llamó de Camero Viejo, o de (no “en”) Cameros. Por lo visto, alguien no lo sabía, o se le olvidó, porque Ajamil tuvo que recuperar oficialmente este locativo que siempre había sido suyo.
Los nombres de lugar o toponimia son un auxiliar muy importante para el historiador. Pero es un tema muy inseguro y resbaladizo por sus cambios a lo largo de los siglos. Algo se ha discutido sobre la etimología de Ajamil. Aljamel es una palabra árabe equivalente a porteador o arriero. Es el origen más probable, y no hay un caso semejante en la comarca, donde es evidente el predominio de nombres derivados de accidentes naturales, o de santos venerados por la devoción popular (torre, muro, soto, vado, laguna, San Román, Santa María, etc).
Quizá no sea casualidad, que su patrón celestial sea San Cristóbal. El arriero por excelencia. El gigante que llevó a Dios sobre sus hombros, o sea, al Mundo. Dicen sus hagiógrafos que tuvo tratos con el demonio antes de su conversión. Después, se le consideró protector de la humanidad, conjurador de sequías y pedriscos, hasta convertirse en patrón de transportistas.
Ajamil está privilegiadamente situado, casi a la sombra de esa joya espectacular llamada Monte Real. El hayedo está considerado el bosque más misterioso, con sus umbríos y sombras inquietantes, donde el sol apenas penetra.
Algo sabemos obre su riquísima y mal conocida FLORA, muy apreciada por herboristas y boticarios. En el siglo XVIII, el rey Carlos IV envío a unos botánicos para estudiarla con fines científicos y medicinales. Entre otras muchas, que no voy a citar porque es un tema que desconozco, se criaba la llamada drosera rotundifolia, pequeña planta carnívora que se alimenta de insectos atrapados entre sus hojas. Las raíces de la cañiguerra y la mandrágora, plantas mágicas y alucinógenas muy vinculadas a la brujería y el sortilegio.
Todos habéis oído o leído sobre el famoso y espeluznante Auto de Fe de la Inquisición de Logroño en 1610 contra las llamadas brujas-jos de Zugarramurdi. Mucho menos conocido es que también este pueblo fue el único de Cameros implicado en aquella causa, en la cual once personas fueron condenadas a morir en la hoguera, seis vivas y cinco en sus ataúdes por haber muerto anteriormente.
Unos pudientes vecinos llamados Juan y Martín de Ortega, padre e hijo, son Familiares del Santo Oficio, especie de policías, ojos y oídos de la temible Inquisición. Ellos informaron puntualmente sobre evidentes sospechas de aquelarres que se celebraban en Monte Real, donde aún llamamos Soliturri o Lamiturri. Topónimo que en euskera significa PRADO Y FUENTE DE LAS BRUJAS.
¿Credulidad o ignorancia propia de aquella época? Poco más nos informan los documentos guardados en el Archivo Histórico Nacional. Lo cierto es que, afortunadamente, no hubo procesados ni mucho menos, condenados. Nadie de Ajamil dejó su nombre en los autos de la justicia eclesiástica, pero el nombre de este pueblo figura en las truculentas historias con cierto aire de leyenda de aquel desdichado proceso.
Es bastante conocido que durante la antigua repoblación de Cameros llegaron a estas tierras gentes vasco-cántabras. Nos quedan recuerdos en la rica toponimia de M. Real, (Urdantes, Otaza>Ostaza, y Blascora entre otros ejemplos posibles) y se repiten apellidos vascos a través de los tiempos. Aquí en Ajamil encontramos apellidos como Ulibarría y Berriz por citar alguno, y mucho más recientes, Idarraga y Guridi.
También quiero resaltar la buena vecindad de Ajamil y otros pueblos con sus vecinos yangüeses. Concordias para la explotación de Monte Real, relaciones económicas, de costumbres y afectivas que, en no pocas ocasiones, terminaban en boda. Los ásperos caminos que cruzaban las cumbres del Monte, nunca fueron barreras para este entendimiento. Aún somos muchos los cameranos vivos con sangre yangüesa.
En Cameros es obligado mencionar a los hidalgos y a sus relaciones casi siempre conflictivas con la gran mayoría de sus convecinos que no lo eran. Su convivencia se deteriora a causa de una serie de privilegios o beneficios legales propios de la nobleza. Entre todos, el más sangrante era la exención de ciertos tributos que recaían en los llamados pecheros (los que pechaban o pagaban) generalmente los más pobres.
En Ajamil, Cabezón y Rabanera están documentados los más antiguos hidalgos de esta tierra. De esto hace ya más de seis siglos, antes de nacer los Solares de Valdeosera y Tejada, que multiplicaron de forma abusiva y en ocasiones fraudulenta el número de estos hidalgos. Montañeses y vizcaínos tenían hidalguía universal por razón de su origen, y la hacían valer cuando se avecindaban en pueblos cameranos.
En cuanto al Señorío de Cameros, decir que salvo algunos pueblos, prácticamente toda la comarca estaba sujeta al férreo dominio de los Ramírez de Arellano, condes de Aguilar. Eran los llamados “reyes chiquitos” o “señores de horca y cuchillo”, que imponían tributos a sus vasallos y eran dueños de la jurisdicción, que nombraban alcaldes con facultad para juzgar en su nombre, no en el de la Corona.
Todos los pueblos estaban sujetos a otros señores laicos, a cabildos o monasterios, como Laguna, Soto y Montalbo. Hay que excluir también a Torremuña, propiedad de la abadesa de Santa María en la villa de Herce. Y excepcionalmente, a Terroba y Velilla, que siempre fueron directamente del Rey, o sea, realengos agregados como aldeas a la ciudad de Calahorra.
En todos los pueblos, la supervivencia la lograron mediante el antiguo colectivismo agro-ganadero. Pastos comuneros con los llamados quiñónes o terrenos de labranza que se repartían cada ciertos años entre los vecinos.
En principio, su regulación local y entre pueblos limítrofes se hacía por medio de acuerdos basados en el derecho consuetudinario: la palabra de los más ancianos, que siempre era respetada.
Esta llamada oralidad será más tarde reemplazada por la escritura. “Hablen cartas y callen barbas”, era un dicho popular. Convenios y concordias amigables entre términos aledaños, que fueron origen también de discordias y desavenencias.
Las más antiguas conocidas las suscriben Muro y Torre, y se remontan al año 1212.
En ellas se tratan múltiples problemas, especialmente los que enfrentaban a ganaderos y labradores. El arado y los rozos o roturas en terreno comunal era el principal enemigo de los rebaños. Unos y otros se hallaban enfrentados desde tiempos bíblicos; recordad lo de Caín y Abel.
Monte Real, en conjunto, era término propio de la antigua villa de San Simeón de Monte Real, por todos conocido, porque aún le llaman EL SANTO. Un anacoreta o ermitaño conocido como EL SIMPLE, que según la leyenda hizo penitencia en este Monte. La primera noticia escrita se remonta al año 1132, cuando formaba frontera o mojón con Castilla y Navarra en tiempos del rey Alfonso I el Batallador. El humilde lugar se despuebla y es abandonado a lo largo del s. XIV, siglo calamitoso de guerras, bandoleros-salteadores-depredadores feudales, sequías, hambre y la peste negra. Quedó su iglesia, después transformada en santuario o ermita con gran devoción en la comarca.
Las cuatro villas y siete aldeas limítrofes fundan entonces una HERMANDAD para el usufructo del territorio. Se proclaman propietarios de un término DISTINTO, APARTADO Y AMOJONADO POR SUS LÍMITES y de su plena jurisdicción ejercida por 6 alcaldes, independientes de los señores de Cameros.
Una propiedad muy disputada con los condes de Aguilar y pueblos aledaños, defendida siempre con uñas y dientes, por ser vital para su subsistencia.
En orden a su explotación, es de capital importancia el acuerdo con Yanguas logrado en Santa María del Espinar de Camporredondo el año 1405. Una concesión recíproca inspirada en “amiganzas y buenos amoríos”. Regula la explotación entre la Comunidad yangüesa y los pueblos mancomunados: Sacar leña, cortar árboles para aperos de labranza y para la construcción de sus casas. Debían ser cortados “a albedrío de buen varón”, con prohibición de hacer tala. Todos los ganados de una y otra tierra podían pastar CON SOL, (del orto al ocaso) sin hacer majada, o sea, con prohibición de pernoctar los ganados.
Más tarde redactan las vitales Ordenanzas de 1523, confirmadas solemnemente poco después por el Emperador Carlos. En ellas se dan normas minuciosas para el ejercicio de la jurisdicción y para el aprovechamiento por los pueblos mancomunados, así como duros castigos para los intrusos o transgresores. Puede resultar curioso hoy el denominado “ajerique”, que consistía en comer la grana y la frui (bellotas y hayucos-hoyes) por las numerosas piaras de cerdos (ajericar), el hacer carbón, e incluso se dan normas para prevenir los incendios. Muy cerca del Santo, donde llaman la Cruz de la Oración, tenían plantada su horca y picota como símbolo jurisdiccional propio.
Durante casi todo el s. XVI tiene lugar una larga serie de litigios seguidos en defensa de esta preciada propiedad colectiva, principalmente contra los abusos del poderoso Concejo de la Mesta de los Pastores y con los pueblos yangüeses, que ocupan el Monte o no respetan las concordias.
Sorprendidos unos vecinos de La Mata haciendo tala, los llevan presos a Torremuña. Eran protegidos del conde de Aguilar, quien los liberó con gente armada, y es entonces cuando se inicia el más grave conflicto con Felipe Ramírez de Arellano, uno de los grandes malhechores feudales de la época. Contra él lucharon durante casi 40 años, con grandes sacrificios y gastos que llegaron a poner en peligro la existencia misma de las villas: Ajamil, Rabanera, Torremuña y San Román con las aldeas de las dos últimas.
El Conde ambiciona la tentadora propiedad de Monte Real. Por las buenas, pretende convencer a sus vasallos sin conseguirlo. Ya por las malas, invade el Monte con sus violentas mesnadas provistas de armas y herramientas. En pocos días talaron unas 2.000 hayas. Al mismo tiempo detiene a los alcaldes junteros, guardas y a cuantos hombres encontró, los llevó atados a Yanguas y los encerró en los húmedos y tenebrosos aljibes del Castillo señorial.
El recurso de los pueblos entablado ante la Justicia Real, lo dirige Torremuña que, como ya he dicho, era señorío de la abadesa y convento de Herce, y por ello no está sujeta a la jurisdicción y vasallaje del Conde.
Al fin, éste fue condenado a la reparación económica del enorme daño causado. En realidad, una condena pecuniaria mucho menor a la solicitada por los pueblos proporcional al daño causado por las huestes condales.
Enviado por Felipe II, un juez de Valladolid, vino a Yanguas, puso en libertad a los detenidos, y dio posesión exclusiva del Monte a los alcaldes de las villas. Con el ritual magnífico de la época, en el Alto de Ostaza, tuvo lugar este gran acontecimiento, que reunió a representantes de todos los pueblos, lo celebraron con enorme júbilo y quedó grabado en la memoria colectiva durante siglos.
REFERENTE RELIGIOSO.-
En aquellos tiempos, la religión estaba presente en todos los actos de la vida personal y social. Como escribió Antonio Machado, el campesino al cielo mira, al cielo teme, del cielo espera. Desconoce las causas, pero conoce los efectos de la sequía, el pedrisco o las enfermedades que diezman el ganado. Era obligado el patronazgo para la intercesión celestial.
Este no era otro que el SANTO SIMEÓN. Hay referencias documentadas como iglesia parroquial desde el siglo XIV. En el siguiente, es ya un santuario en decadencia. Por documentación del Archivo Vaticano, sabemos que El Papa Eugenio IV concede numerosas indulgencias a quienes “arrepentidos y confesados visiten el templo y ayuden con sus limosnas a su reconstrucción”.
Debió tener éxito, porque hasta bien andado el siglo XVI, la veneración de las gentes se confirma cuando muchos ajamileños subían a bautizar a sus hijos en la Pila de San Simeón.
El 1º de julio de cada año, los pueblos conjuntamente, acompañados por algunos yangüeses, hacían romería por la festividad de S. Simeón. Llegan en procesión con cruz alzada; celebran misa cada uno de los cabildos, comida y fiesta por todo lo alto. El 25 de abril (San Marcos) concurrían en solemnes rogativas, y el día de San Miguel hacían elección de alcaldes en Vadillos. En esta aldea se guardaba el Archivo de la Mancomunidad. Lo que no se ha perdido, se encuentra hoy en el municipal de San Román.
Además de las indudables motivaciones religiosas, era una forma de ratificar anualmente su autoridad y plena propiedad del Monte.
En conjunto, era esta una romería equivalente en todo a la que sigue haciendo la Hermandad de Pineda en Cameros Nuevo: la Virgen de la Luz. Esta ha perdurado porque agrupa a 12 ó 13 villas, cuenta más amplia demografía y mejores comunicaciones.
Ya para ir terminando, deciros que el periodo de esplendor económico en Ajamil, se inicia en s. XVII, para culminar en la 1ª mitad del siguiente, y desaparecer a lo largo del XIX por diversas circunstancias históricas en las que no puedo entrar.
Es obligado hacer alusión al Acueducto y al único lavadero de lanas en la cuenca del Leza, éste lamentablemente en ruinas. Admirable, y también único vestigio de arqueología pre-industrial en Cameros Viejo.
¿Quiénes y cuándo lo construyeron? Esta fue la pregunta que me hice cuando lo conocí hace pocos años. La principal respuesta fue que se trata de una historia apasionante, que procuré exponer en otro de mis artículos ya publicados.
A mediados del s. XVII, un Miguel Crespo llegaba a este pueblo desde Santa Cruz de Yanguas para celebrar sus bodas con María García de Ortega, perteneciente a la familia más pudiente de Ajamil, anteriormente citada.
Estos Crespo, procedían del Valle Cántabro del Soba, y varias generaciones vivieron en diversas aldeas yangüesas antes de pasar a Ajamil. Aquí vivieron seis generaciones. Sus descendientes modifican el apellido y su riqueza les permite alcanzar los privilegios de hidalguía.
Este pueblo contaba en el siglo anterior con unas 4.000 ovejas, y con ellos alcanza la enorme cifra de unas 12.500. Es cierto que no muy bien repartidas: excepto poco más de 800 que pertenecen a otros 15 vecinos ganaderos trashumantes, el resto son propiedad de Juan Manuel Crespo de Ortega, personaje central de esta familia.
Cantidad no alcanzada por nadie en todas las sierras riojanas. Ni siquiera por los Monasterios, ni sus ricos parientes en Torrecilla: los Manso de Velasco y Crespo de Ortega, Condes de Superunda.
Otro Juan Manuel, padre del anterior (los nombres se repiten en cada generación) es quien construye el Acueducto.
Tampoco se olvidan del Escudo que certificaba su notoria hidalguía. En el recio machón central de piedra sillería, protegidas por la hiedra que lo cubría, se han conservado las armas de su apellido, una curiosa mezcla del de su Casa Solariega en Cantabria y el de Valdeosera-Tejada.
El lavadero y el batán adjuntos monopolizan las aguas del Vargas, pasadas en principio por un Canalón de madera, que las riadas arrastraban con frecuencia. Entre las lanas procedentes de sus rebaños y las que compra en toda la comarca, unas 5.000 a 8.000 arrobas pasan anualmente por sus tinos y eran secadas en el prado aledaño. En el año 1820 ha llegado la gran crisis ganadera y el antaño activo Lavadero está cerrado.
Aunque siempre estuvieron avecindados en Ajamil, los miembros de este clan familiar tienen su almacén de lana y casa de lujo en Logroño, calle de la Herbentia (actual Portales) frente a la portada de la Redonda. Desde aquí, recuas de arrieros ajamileños y yangüeses llevan las sacas de lana hasta Burgos y Bilbao, desde donde las exportan a Francia y a Flandes.
Toda la familia disfruta de un tren de vida casi principesco.
Entre la servidumbre doméstica, cuentan con ama de llaves, asistenta, tres criadas, dos amas de cría y un esclavo negro. Algo verdaderamente excepcional en toda la comarca. Únicamente en la industriosa villa de Soto encontramos el caso de otro esclavo, vendido por su dueño por 920 reales. Cierto es, que don Juan Manuel lo tuvo a su servicio mientras vivió, pero también tuvo el gesto de concederle la manumisión o libertad en su testamento.
La vida en Ajamil gira en torno a su casa: Da empleo a dos mayorales que dirigen su cabaña y a 59 pastores con 50 mastines, además de los varios yugueros y criados para labrar las 131 fanegas labrantías de su Hacienda.
Es revelador que en el Catastro de Ensenada, Ajamil declara con cierto punto de orgullo: En este pueblo no hay pobres de solemnidad, tan numerosos en pueblos circunvecinos.
Dueño de inmensa fortuna, el II Don Juan Manuel, personaje muy conservador, creyente y bastante chapado a la antigua, funda en su testamento rico Mayorazgo para perpetuar su apellido y evitar la dispersión de su hacienda.
Lo hereda su primogénito Francisco Javier Crespo de Ortega y Vicente de Contreras. Este es también el heredero del llamado Mayorazgo de Palacio en Jalón. Busca mayor relevancia cuando intenta unirlo al de Ajamil y construye casona señorial con Iglesia propia adosada independiente del Obispado.
Es cierto que gastó una enorme fortuna para estas construcciones, sobre cuyas puertas incluyó dos monumentales escudos de armas similares al del Acueducto. Pero estamos a finales del siglo XVIII y eran tiempos de cambio político y social. Chocó con los intereses del Obispado y la flamante iglesia nunca llegó a ser consagrada. La conocí en mi primera juventud como pajar y almacén de alfalfa. Hoy es una casa particular.
Esta familia practicó siempre una intensa endogamia para proteger su riqueza. Matrimonios dobles con miembros de una misma familia, casamientos de conveniencia entre primos, y tíos con sobrinas, que a veces rayaban en incesto. Emparentaron con algunos ilustres, como los Cereceda, que igualmente mezclaron su sangre con los poderosos hornilleros Fernández de Tejada.
Juan Antonio de Cereceda y Duro de Velasco, fue insigne Caballero de Calatrava, ganadero trashumante que vivió algunos años casado en Ajamil, donde nacieron sus hijas. Fuera del ámbito merinero, celebraron bodas en el seno de la rica familia del célebre fabulista Félix María de Samaniego.
Las mujeres que permanecían solteras era frecuente destinarlas al convento, y también podrían ponerse algunos ejemplos. Pero por ciertos azares genealógicos, la ajamileña Manuela Juana Crespo de Ortega fue la madre del II Conde Superunda, don Felix Manso de Velasco y Crespo de Ortega, y hermana del ya citado Juan Manuel.
Al primero de los Juan Manuel, sucedieron otros descendientes en la titularidad del Mayorazgo. Pero había llegado el Liberalismo, la revolución industrial, la abolición de mayorazgos y el régimen señorial.
Su mentalidad conservadora anclada en tiempos ya superados, no les permitió adaptarse al capitalismo naciente, y sus propiedades fueron finalmente desamortizadas, arrendadas o vendidas a particulares.
Bien andado el siglo XIX, Cándido María Eugenio Crespo de Ortega, último poseedor de los mayorazgos de Ajamil y Jalón de Cameros, vendió sus propiedades e hizo donación al pueblo del molino municipal que en siglos anteriores se habían apropiado. Cierto es, que con la expresa condición de que fuera explotado por el vecino más pobre de la villa.
Intento poco duradero y menos caritativo que político, puesto que perseguía librarse de la revolucionaria desamortización civil y eclesiástica. Al fin, también fue comprado por un particular”.
Recopilación de datos realizada por Chomin Hernán y Alicia Martínez.